Estábamos solas. Muy lejos de todo y de todos, era nuestro espacio, nuestro lugar para relajarnos. Solo ella y yo lo conocíamos, nadie más. Pero esa noche era diferente a las demás, hacía mucho que yo no me sentía de esa manera, como dormida, flotando, en un sueño interminable. Ella se columpiaba entre los árboles y sonreíamos, como lo hacíamos siempre, estábamos lejos de casa y no lo sabían. Aprovechábamos para contarnos nuestros secretos, mi pasatiempo favorito. Estaba muy oscuro, yo tenía una linterna pequeña, pero no me gustaba alumbrarle la cara porque era muy fea. No me refiero a su aspecto físico, pero a esas horas de la noche su rostro parecía demostrar su interior, estaba desfigurada, torcida y asquerosa, con dientes chuecos y salidos de la boca, me miraba pidiendo compasión pero yo no se la daría. Por eso prefería no mirarla.
Empecé a escuchar voces que no eran las de ella, pero sus risas no me dejaban escuchar bien, carajo, si tan sólo la muy idiota pudiera callarse un segundo. Me cae bien cuando no es una puta, se convierte en otra persona y comienza a hacerlo. La detesto. Las voces se vuelven más insistentes y ella ya no conversa, esta gritando. Finalmente, cuando no nota reacción de mi parte se calla. ¿No puedes escucharlas Stephy? No sé de que hablas. Yo sí las oigo cada vez más fuerte. ¿Que te dicen? Tu hermana está buscándote viene hacía acá. No juegues, me estás asustando. Es enserio, hasta puedo oír como grita tu nombre. Mi hermana murió hace dos años. Es ella, lo juro. Es demasiado me largo de aquí. Espera, tu madre viene con ella.
Se dieron las tres de la madrugada y ella recogió su mochila y caminó en dirección a casa. Yo no dejaba de oír las voces, empezaban a hartarme. Luego la perdí, su sombra se desvaneció entre el bosque y aunque intenté no la encontré. Caminé varias veces por los mismo lugares, aquellos donde habíamos dejado una huella ella y yo, como nuestros chicles en los árboles. Vi como la luz del sol terminaba poco poco con la inmensa oscuridad de mi alrededor, pero no de mi interior. Las voces no callaron en toda la noche.
Decidí ir a casa, estaba cansada, tenía sueño. Cuando pasé de nuevo por el columpio en el árbol ahí seguía Stephy,como si nunca se hubiera ido. Con su ojos tan dulces y azules, pidiendo compasión, con la cabecilla agachada colgada de un árbol y apuñalada varias veces en el estómago. Debió ser su hermana, ya estaba muy molesta. Yo le advertí que la estaba buscando.
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