Debió ser algo que dije o que hice. No me gusta la gente, a pesar de estar en constante contacto, siempre poniendo demasiada atención, siempre tratando de no hacerlo. Se me agota la mirada, los ojos me duelen desde adentro, muy profundamente.
Cuando miro a la madre preocupada, porque sus tres hijas tengan a su alcance las mismas posibilidades que los niños adinerados, mis ojos brillan y contemplo un espectáculo vacío, carente de belleza física.
La niña más grande toma a la mujer de las piernas, de el objeto que llenó en su momento a su padre de lujuria. Pero la niña no experimenta ningún sentimiento similar. Toca a su madre sin una pizca de malicia, únicamente con la finalidad de sentirse segura, cerca.
Yo no puedo recordar ese sentimiento como tal. Se que un día lo sentí, pero fueron instantes muy pequeños, y cada día lo fueron siento más.
No fui aquella niña que desconocía los deseos de los hombres, muy por el contrario.
Ahora mi existencia misma parece girar entorno eso, si la posibilidad de olvidar.
Constantemente me decepciono de lo que siento en momentos de felicidad, siempre está ese ideal en mi cabeza que jamás, bajo ninguna circunstancia encontraré, la incertidumbre de preguntarme siempre si era lo que yo creí, si estaba en lo correcto, algo me dice que no es así, algo me dice que sí.