viernes, 25 de octubre de 2013

IV Manicomio

Caminamos por el pueblo horas y horas; no había nada nuevo que pudiéramos ver, y aún así siempre caminábamos,  nada importaba realmente. Todo lo que hacíamos era incorrecto, no sabíamos a que dirección íbamos, y tampoco nos interesaba. Como era común todo nos aburría y eso de caminar sin rumbo no fue la excepción, poco después esa misma tarde nublada y lluviosa nos detuvimos al mirar algo curioso y sin explicación aparente. A las afueras del pueblo, muy cerca de donde solíamos ir al colegio pudimos darnos cuenta que justo detrás había un edificio, de no más de dos salones pintados de un verde que molestaba a la vista. Bertram había asistido al colegio del pueblo muchos años antes que yo, y sabía que ese edificio verde no se encontraba ahí cuando él fue alumno, y yo tampoco lo reconocí. A ambos nos causo cierta extrañeza pero al mismo tiempo curiosidad. Como dije ninguno de los dos lo vio cuando asistimos al colegio, pero la fachada era ciertamente antigua, con la pintura algo deslavada, pero no por eso dejaba de ser molesta. Nos acercamos un poco más, cuando notamos que aparte de los salones había una especie de patio subterráneo que no lo era tanto porque alcanzaba a verse desde afuera. Había niños de uniformes grises con azul, así que obviamente se trataba de un colegio. Nos quedamos como idiotas mirando por alrededor de 5 minutos, luego Bertram me comentó que hacía unos meses que había pasado por ese mismo lugar, y no llego a ver nada parecido al edificio, que a contrario parecía tener más de 20 años construido, con las paredes viejas y desgastadas.


Al encontrarnos a unos metros una mujer de pómulos pronunciados, pálida y ojerosa nos miró con ojos de una alegría singular, con un fondo difícil de averiguar. Por dentro de los barrotes nos dijo algo como: -Muy buenos días, jóvenes. ¿Qué hacen fuera de su casa con este frío mortal? No he visto a nadie deambular por las calles estos días. Ya saben, cuando llega el invierno en este pueblo la gente hasta se olvida de sus vecinos, el encierro se vuelve parte de sus días. Yo nunca he comprendido porqué; el frío es una sensación maravillosa, me imagino que ustedes opinan lo mismo ¿No?
Bertram y yo nos miramos con extrañeza, y no contestamos nada. Después de escuchar las palabras de la mujer me sorprendí mucho más de lo que ya estaba, ¿Cómo era posible que, con ese frío en el dicho colegio los niños estuvieran jugando en el patio? Recuerdo que cuando la temperatura bajaba al tal grado los profesores no nos permitían salir del salón de clases, y hacían alguna dinámica dentro. Mi pensamiento fue fugaz, e inmediatamente después de pensarlo la mujer nos invitó a pasar. Al aproximarme a decir un cortante NO, Bertram ya iba entrando. Lo miré con desagrado, la sonrisa de la mujer era tan persistente y al mismo tiempo ridícula que sentí náuseas. Bertram también sonreía, lo cual me puso de un muy mal humor. Mientras atravesábamos el patio principal pude notar que los niños no gozaban de salud en forma plena; en ese momento no supe porqué. Sentí pena por ellos y comencé a sentirme aún más incómoda por estar ahí, así que apreté a Bertram para largamos de ahí.
-Espera mujer, quiero saber el fondo de todo esto.



Entramos al primer salón, era repugnante, apestaba a orines,  había charcos en el suelo, y eran paredes tan viejas que parecía faltar muy poco para que se cayeran. Bertram abrió los ojos con asombro, la mujer tomó unas tazas y nos sirvió algo de tomar. Era café, pero no me dio confianza así que no lo bebí. El simuló que lo hizo, pero no fue así, de pronto un tipo gordo y muy alto, con ojos claros, casi de tono blanco, y con un gesto de aburrimiento le pregunto a la tipa por nosotros.
-¿Son acaso otros morbosos que vienen a ver nuestra penosa situación?
- No digas eso, gordo. Tal vez podrían ayudarnos.
Según ellos hablaron muy bajo, pero pude escucharles perfectamente, y la sonrisa de la tipa me estaba ocasionando que quisiera cortarle la cabeza de un hachazo.
Bertram los miraba entusiasmado, quizá al borde de la risa. Yo no comprendía su actitud, ni tampoco la de los raros a cargo del lugar. El gordo se nos acerco, y con un gesto falso de amabilidad nos dijo que, ese lugar era más bien un sitio donde los enfermos pueden reposar; era especialmente para enfermos mentales, de cualquier edad. Aunque habían en su mayoría niños, y no me parecía muy adecuado que ancianos dementes pudieran convivir con ellos. Pero así era, los niños no eran enfermos mentales de gravedad, a lo mucho podrían tener algún síndrome obsesivo compulsivo o autismo, los ancianos en cambio padecían enfermedades más severas, como la esquizofrenia. Por ello me puse cada vez más nerviosa, y como era habitual sentí lástima por ellos. El gordo nos dijo que habría un evento, conmemorando a un joven que asistió a dicha institución para enfermos mentales que más bien parecía una escuela. Como sabía que Bertram no querría irse no me quedó de otra que esperar.


El evento comenzó, y los niños aplaudieron con alegría cuando el gordo anunció que traerían pastel. En ese momento pensé que si los niños no se encontraban en un estado verdaderamente grave de salud mental lo estarían en poco tiempo de convivir con esos ancianos, el gordo y la mujer de sonrisa molesta. Pronto comenzaron a mostrar fotografías de aquel joven, hablaron sobre su vida, el había nacido aquí mismo, pero hacía cincuenta años. Creció en ese terrible lugar, rodeado por ancianos esquizofrénicos y el fue el primer niño en vivir en esa institución. En las fotos se mostraba a un chico feliz, de ojos grandes y brillantes, pero miré con atención. La sonrisa que tenía era la misma que la de la mujer. El gordo siguió hablando con entusiasmo, diciendo que ese joven era el único interno de ese lugar digno para conmemorar.

La razón; el joven tuvo las agallas de saltar la barda del lugar para huir.

Existen lugares donde ni el tiempo ni las circunstancias transcurren, así que sería bueno mantenernos alejados, porque podríamos quedar atrapados dentro.