sábado, 28 de junio de 2014
Siempre estoy triste, siempre está lloviendo. No es algo que desee, es como esas cosas que pasan aunque uno no las quiera, pero yo no sé que me pasa. No sé que me pasó, ni porqué, pero algo cambio dentro de mí. No puedo superarlo, no puedo atravesarlo. Me siento atrapada, me estoy ahogando, y, ¿hay forma de detenerlo? Ni yo puedo detenerme, ni puedo lidiar con mi mente. Siempre está la misma voz de mi cabeza, hablando las mismas mierdas. No me deja dormir, no puedo vivir, existir, sin dejar de escucharla. No recuerdo los rostros de nadie, ni sus voces. La voz en mi cabeza ha borrado todo, toda memoria, algún recuerdo bueno, solo han quedado los ¿malos? ni siquiera sé si son malos recuerdos, no sé que son, no sé que me quieren decir. No sé qué sentía antes de sentir esto. No puedo dejar de pensar, no puedo divertirme, no me logran divertir. Ojalá pudiera vivir.
jueves, 12 de junio de 2014
This Glass House
Me sentía muy incómoda, y ya un poco ebria, pero el insistía en que bebiera más. Yo me negué, y cuando me dirigía al baño me di cuenta de lo extraño que era estar ahí, aunque quería estar junto a él, aunque siempre me había gustado como platicábamos, como podía expresarme con él por horas sin temor a sentirme estúpida. Aunque él nunca habló mucho me gustaba como cada vez que lo hacía su opinión era acertada, porque así era su personalidad. Esa noche estábamos juntos como todas. Ahí, en el baño, desperté un poco y me di cuenta de como algo no estaba bien. Estábamos en una casa diferente, él la consiguió, se encontraba ubicada en un barrio viejo, y cuando íbamos llegando no vi a nadie cerca, ni en las calles. Tuve la sensación de que el quería emborracharme para que el miedo no se apoderara de mí, pero ya había sucedido. En ese momento empecé a pensar en un montón de cosas horribles que podrían sucederme ahí, mi mente nunca había sido la mejor consejera.
Permanecí un momento ahí sentada. Estaba escasamente vestida, una blusa y un short muy corto, tenía un poco de frío. Fumé un cigarrillo. Hasta el baño se escuchaba la música, bueno, estaba tan fuerte como si estuviéramos en una fiesta, pero sólo eramos él y yo. No teníamos amigos, nunca los tuvimos, por mucho tiempo ambos éramos nuestra única compañía. Decidí salir, y pretendí estar más borracha de lo que en verdad estaba. Me preguntó por qué había tardado tanto, le mentí, le dije que me había quedado dormida sentada. Él se lanzó a abrazarme, empezó a tocarme todo el cuerpo y a besarme de manera molesta, insistente. Yo gemía, me parecía un fastidio, me gustaba. Lo miré a los ojos; esos ojos no me decían nada, era como si no existiera un alma dentro de ellos.
—Tengo miedo
—¿A qué temes?
— No me gusta esta casa, no sé porque me trajiste acá
— Quería estar contigo es todo. Ven, voy a mostrarte algo.
Había muy pocos muebles en la casa, la pintura estaba manchada, el piso estaba sucio, olía a viejo. Él me tomó de la mano, sólo para llevarme a la sala, donde sólo había un sofá viejo, color carmesí. Se sentó y me senté yo sobre él. El ambiente era hostil, pero él seguía besándome como siempre, como nunca. Me quitó la ropa, el ya estaba sin camisa, introdujo el dedo pulgar en mí. Yo estaba temerosa, las ventanas eran enormes y no tenían cortinas. Podía ver la calle oscura, con la luz escasa de la luna. Carros abandonados afuera, casas. Yo estaba desnuda frente a todo eso, él no quiso detenerse. Yo lo besé con las mismas fuerzas que él, en ese momento volteé la mirada hacía la ventana. Un hombre de espantoso aspecto nos miraba con morbo, con la cara pegada a la ventana. Di un salto de susto, y el hombre no se movió, estaba como estatua.
—Te das cuenta— dijo él — La gente de aquí es muy curiosa, ¿no es así?
Permanecí un momento ahí sentada. Estaba escasamente vestida, una blusa y un short muy corto, tenía un poco de frío. Fumé un cigarrillo. Hasta el baño se escuchaba la música, bueno, estaba tan fuerte como si estuviéramos en una fiesta, pero sólo eramos él y yo. No teníamos amigos, nunca los tuvimos, por mucho tiempo ambos éramos nuestra única compañía. Decidí salir, y pretendí estar más borracha de lo que en verdad estaba. Me preguntó por qué había tardado tanto, le mentí, le dije que me había quedado dormida sentada. Él se lanzó a abrazarme, empezó a tocarme todo el cuerpo y a besarme de manera molesta, insistente. Yo gemía, me parecía un fastidio, me gustaba. Lo miré a los ojos; esos ojos no me decían nada, era como si no existiera un alma dentro de ellos.
—Tengo miedo
—¿A qué temes?
— No me gusta esta casa, no sé porque me trajiste acá
— Quería estar contigo es todo. Ven, voy a mostrarte algo.
—Te das cuenta— dijo él — La gente de aquí es muy curiosa, ¿no es así?
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